T6. Un mundo con luces y sombras

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Aunque en nuestros países de origen nos dedicábamos a otras cosas, desde que llegamos a Euskadi, muchas de nosotras empezamos a trabajar como empleadas de hogar. No es que lo hayamos elegido. Simplemente, era lo que había. Mejor dicho: es lo que hay. Nuestra doble condición de mujeres y migrantes nos relega con frecuencia a ese espacio de trabajo, un sector que se inscribe en la esfera de lo privado y que, por esa misma razón, tiene sus luces y sombras.

Ser trabajadoras de hogar nos permite subsistir aquí y mantener a nuestras familias en casa. Incluso nos da la posibilidad de concretar ciertos proyectos ‘ambiciosos’, como saldar deudas importantes, darle una buena educación a nuestros hijos, ahorrar dinero para el regreso y hasta comprar aquella casita con la que soñamos alguna vez y en la que esperamos vivir algún día. Cierto. El trabajo como empleadas domésticas nos habilita a emprender unos proyectos que, de habernos quedado en casa, difícilmente habríamos podido realizar.

Son pasos de gigante, sin duda. Otra cosa es el coste que tienen. Al margen del aspecto emocional, nuestro desarrollo profesional es nulo. El día a día es un mar de sacrificios y no son pocas las veces que nuestros derechos laborales se vulneran. La sombra de ‘lo privado’ se proyecta hasta ahí, opacada en ocasiones por nuestra propia situación administrativa, que nos resta poder a la hora de negociar, reivindicar o denunciar aquellas cosas que -por activa o por pasiva- fuerzan los límites de la legalidad. Las condiciones de trabajo, el respeto de los derechos y el respeto -en general-, no son tanto una garantía de base como una cuestión de suerte.

Sabemos -porque lo hemos vivido o porque amigas nuestras han tenido experiencias así- que no todo es color de rosa. Algunas hemos asumido más tareas de las pactadas, sin derecho a réplica ni a cobrar más por ello. Casi todas hemos trabajado más horas de las acordadas. Y hay quienes ni siquiera tienen un día libre a la semana, ni festivos; y menos aún, vacaciones. Por supuesto, también hay buenos empleadores; personas para las que hemos trabajado -o trabajamos en la actualidad- que se han ocupado de hacer las cosas bien y regular nuestro trabajo según indica la ley.

Para ser sinceras, también debemos decir que hay gente buena y generosa. Personas que, además de cumplir con el acuerdo laboral, se interesan por nosotras, se preocupan por nuestras familias y nos ayudan a progresar. Está el caso de Carmen, por ejemplo, que dice sentirse “una más”; un miembro más de la familia donde trabaja. Y también Adriana está satisfecha. Más que eso, agradecida. “La señora es muy buena conmigo. Es exigente, pero me trata muy bien. He tenido mucha suerte”, comenta.

La buena fortuna, el azar, vuelve a colarse en nuestras palabras. Nos hace ver que, algunas veces, vivimos como un privilegio la simpleza de recibir lo que es justo. La visita de esta tarde lo confirma. Toda la información que nos ha proporcionado Liz, sus respuestas a nuestras preguntas, sus explicaciones, nos han ayudado a entender mejor en qué punto nos encontramos. En nuestro caso particular, hay un tema que le preocupa. “Al desaparecer la figura de los fijos discontinuos, dependes de tu empleador. O encuentras a alguien que quiera darte de alta en la Seguridad Social, o te quedas sin cotizar”, ha señalado.

Y claro, a nosotras también nos inquieta. ¿Qué pasará si no nos dan de alta? ¿Qué ocurrirá con las que aún no tenemos nuestros ‘papeles’ en regla? ¿Qué hacer si en el trabajo nos dicen “o aceptas esto, o a la calle”? La charla de Liz, en parte, nos tranquiliza. Sabemos que tenemos a dónde acudir. Sabemos que nos defienden y, sobre todo, que nos entienden. “El sector del trabajo doméstico es un mundillo hermético y peculiar: hasta que no entras en él, no te das cuenta de lo que hay”, ha comentado. Su definición no podría ser más precisa.

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