T5. Luchar contra la violencia machista

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Se calcula que, en el mundo, hay 1.000 millones de mujeres que sufren algún tipo de violencia. El número sobrecoge; más aún si se tiene en cuenta que es un dato estimado, oficial, y que no contempla todos los casos. En efecto, la definición de violencia varía (y mucho) con las distintas sociedades y Estados, y también lo hace con el tiempo y con los cambios de legislación. Lo que ahora es susceptible de una acción judicial (como proferir amenazas, por ejemplo), hasta hace pocos años no lo era. Y lo que en algunos países se considera delito, en otros se percibe como algo normal.

Esto incide en que, al trazar las estadísticas, se contabilicen ciertas expresiones de violencia, pero no todas. E incide en que, por muy sensibilizados que estemos (o creamos estar) con el tema, todavía no sepamos identificar los múltiples matices y formas que adopta la violencia machista.

Por supuesto, las cifras ayudan a entender la magnitud del fenómeno. Sin embargo, no explican sus causas. Tampoco describen sus mecanismos ni analizan sus consecuencias. De ahí la importancia del taller que se ha celebrado esta tarde, un encuentro que ha permitido mirar este asunto sin miedo, con serenidad y en equipo para entender mejor la complejidad de sus resortes y el calado de sus implicaciones.

En el encuentro de hoy, la psicóloga Norma Vázquez ha encarado a la violencia desde una perspectiva de género, emocional y social. Y, a lo largo de su intervención, ha ofrecido a todo el grupo reflexiones muy importantes. La primera, que la responsabilidad de la violencia es exclusiva de quien la ejerce, y nunca de quien la sufre. “Cuando empezamos a creer que hemos hecho algo que justifica la violencia contra nosotras, hemos perdido el rumbo”, ha dicho. Peor aún, “hemos perdido la capacidad de correr”.

‘Correr’ es ponerse a salvo y pedir ayuda, pero para eso hace falta detectar que algo va mal. Y no siempre es sencillo darse cuenta. La violencia, muchas veces, es sutil y puede incluso confundirse con manifestaciones de cariño: “Me cela tanto porque me quiere”, “Me pregunta a dónde voy y a qué hora vuelvo porque se preocupa por mí”, “Opina sobre la ropa que me pongo porque quiere que me vea guapa”… Enunciados (y situaciones) de este tipo se repiten con frecuencia, al margen de las estadísticas.

El otro problema, señala Vázquez, es la cantidad de frenos que existen a la hora de acabar con una relación violenta. Pensar en la estabilidad (o la seguridad) de los hijos, sobrevalorar las consecuencias económicas y sociales, tener miedo al cambio, temor al ‘qué dirán’, una sensación de fracaso absoluto o la convicción de que no es posible empezar desde cero y sola son algunos de ellos. Hay más.

Por eso, la decisión de poner fin a la violencia es a veces tan difícil; y siempre, tan personal. El qué, el cómo y el cuándo dependen (ahora sí) de la víctima. “Nos han educado en la creencia de que no sabemos hacer ciertas cosas, que no valemos para otras, que por ser mujeres tenemos que desempeñar un rol -sostiene la especialista-. Nos han enseñado que las decisiones importantes pertenecen a los hombres, y que ellos (o la sociedad) tienen autoridad para establecer qué es mejor para nosotras. Y la verdad es que no. Quien más sabe sobre mí soy yo -enfatiza-, y hay que tener eso muy claro”.

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