Archivos Mensuales: noviembre 2011

T4. Construyendo nuevas maneras de vivir la maternidad

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“A todas nos persigue el fantasma de la buena madre”. Con estas palabras, la psicóloga Norma Vázquez dibuja el marco de su ponencia: una reflexión profunda -y, sobre todo, veraz- a propósito de la maternidad. “El objetivo de este taller -continúa- es desmitificar la idea de la buena madre para entender a la madre real, la que piensa en el bienestar de sus hijos e hijas y toma decisiones en consecuencia; unas decisiones que a veces son dolorosas porque implican estar alejada geográficamente de ellos”.

Las participantes del taller saben bien de lo que habla. Muchas de ellas -la mayoría- son madres y tienen a sus hijos lejos. Otras han decidido traerlos a Euskadi. Pero todas -sin excepción- se preguntan con recurrencia si estarán siendo buenas madres o no. “La duda asalta por igual a quienes han dejado los hijos en sus países de origen y a quienes los han traído aquí”. ¿La explicación? Que unas se sienten culpables por no poder estar con ellos y otras, por arrebatarles de algún modo la infancia.

Muchas mujeres migradas trabajan en el ámbito doméstico. “Las que son madres perciben el nivel de vida que tienen los niños que cuidan y comprenden que ellas no pueden hacer lo mismo con sus propios hijos -describe Vázquez-. Eso supone un impacto, genera dolor y el resultado es un cambio en la actitud o el proyecto migratorio. Por ejemplo, mandan más dinero del que pueden, se vuelven demasiado permisivas con sus hijos, se quedan en los mínimos para darles de todo… Se transforman en un Olentzero sin fondo”.

Ser madre migrante tiene unas cuantas aristas. Y una de ellas -muy afilada- es verse expuestas constantemente a las críticas: a los juicios morales o de valor que emiten los demás sobre su maternidad y sobre las decisiones que han tomado. “En ocasiones, estas mujeres están muy machacadas por las valoraciones de los demás, ya sean sus propias madres o las mujeres para las que trabajan aquí -expone la psicóloga-. Muchas veces se enfrentan a exclamaciones del estilo: ‘¿Te has venido y has dejado allí a tu hija?’ o ‘Uf… No sé cómo lo haces, yo no podría’. Unas exclamaciones que las llenan de cuestionamientos y de culpas, pero que rara vez se traducen en gestos de ayuda, como una mejora del salario o el ofrecimiento del teléfono para que llamen”.

En opinión de la especialista, estos juicios morales las hacen sentir malas personas, madres que abandonan a sus hijos. “Y eso no es verdad -subraya-. Estas mujeres dejan a sus hijos en un ambiente protegido, al cuidado de personas responsables, y trabajan muy duro para que no les falte nada. Hay que pensar que cuando las personas de aquí critican ferozmente esa decisión, lo hacen desde una realidad completamente distinta”, desde una ‘zona de confort’ que “les permite mantenerse cerca físicamente de sus hijos y no les fuerza a tomar una decisión tan dura pensando que es lo mejor”. Por ello, insiste, “hay que despotricar todo lo que se pueda contra ese modelo de ‘la buena madre’. No es real”.

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T4. Sigo siendo tu mamá

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Esta tarde ha venido Norma Vázquez para conversar sobre un tema importante; uno que roza nuestra fibra más sensible: la maternidad. Su ponencia se ha deslizado por nuestros hilos afectivos y, con la destreza de un experto artesano, los ha ido tocando hasta deshacer varios nudos. El proceso no ha sido sencillo. Sin embargo, ha sido provechoso: por primera vez en mucho tiempo, hemos podido remover (y mover) la tristeza, llevándola del corazón a la garganta. Hoy hemos podido hablar de lo que nos duele, poniendo en palabras la culpa, la rabia y la frustración.

¡Y qué liberador que resulta!

“Nos critican mucho por haber dejado a nuestros hijos. Nos dicen que es una locura. Nos hacen sentir muy mal”, expresa una de las compañeras, que ha venido a Getxo sola “para buscar una vida mejor”. Una vida y un futuro para ella y los suyos, que, si se hubiera quedado donde estaba, no les habría podido ofrecer. La contraparte es que su hija ha quedado lejos, al otro lado del Atlántico, y la decisión y la ausencia le duelen. “Me torturo mucho pensando en eso”, nos dice.

Y es que su hija ha quedado lejos, sí. Pero ‘lejos’ no significa ‘atrás’, ni ‘marcharse’ significa ‘abandonar’. Esta palabra es muy dura.

“Yo no he abandonado a mis hijos; he venido aquí por una razón justificada”, argumenta Patricia (*) con aplomo. “Llegué hace 5 años, cuando mi hijo mayor tenía 23 y la pequeña, 11. Y les puedo asegurar que fue la decisión más dura que he tomado en la vida. Me dolió entonces y me duele ahora porque, además de lidiar con la distancia, te enfrentas a los juicios de la gente. Los demás te machacan mucho, te apuntan con el dedo y te hacen sentir fatal. No hay un solo día en que no te preguntes si habrás hecho bien al emigrar”.

Al igual que a muchas otras compañeras, este taller le ha servido a Patricia para “poner las cosas en su sitio”. “Yo tenía muchas dudas -dice- y he podido despejarlas. Hasta hoy, sinceramente, pensaba que era una mala madre. Ahora sé que no es verdad. Mis hijos son personas maduras; el mayor acabará su carrera en dos años, y he seguido junto a ellos, aunque fuera por teléfono… Además, no soy la única ni la última mujer que sale al mundo para darle un futuro a sus hijos”.

Lleva razón: ni es la única, ni es la última. En este sentido, el testimonio de Adriana(*) aporta un halo de luz. “Mi mamá y mis hermanos pequeños se vinieron para aquí hace casi 20 años. En ese entonces, yo era muy jovencita y me quedé en mi país. Al principio fue muy duro porque sí sentí una especie de abandono. Pero luego te acostumbras y comprendes la situación. La vida sigue, maduras, creces. Y un día formas tu propia familia”.

Pero la vida -impredecible y reservada- no avanza en línea recta y solo a veces insinúa sus curvas. Años después, Adriana también emigró. Para entonces, era madre. Y, a diferencia de la suya, eligió la otra opción: traer consigo a su niña. “Sí… Yo he vivido la inmigración desde los dos puntos de vista: el del hija que se queda y el de la madre que se va. Y es verdad que tengo aquí a mi niña, porque he decidido venir con ella, pero eso no significa que la mía sea una maternidad más sencilla. Vivimos juntas y, a cambio, no le puedo dar todo lo que quisiera. Le transmito mis preocupaciones; si me tengo que levantar más temprano para trabajar, la llevo conmigo porque no tengo con quién dejarla. No puedo llevarla al cine o a comer hamburguesas, como hacen sus compañeros de la escuela… Los hijos que se quedan lejos hacen vida normal sin la presencia física de sus mamás; los que migran tienen cerca a sus madres, pero llevan una vida más sacrificada. Los escenarios perfectos no existen, y los hijos son hijos de la vida: hagas lo que hagas, al final, se van”.

(*) Los nombres utilizados en el blog son ficticios para proteger la intimidad de las participantes de los talleres.